viernes, 27 de mayo de 2016

Unas parejas.

Hoy he buscado fotos especiales. Por distintas causas.
Lo único en común es que son de parejas.








Esta última foto tiene una historia dentro de ella. O muchas.

jueves, 26 de mayo de 2016

Chico malo.

Este chico... me parece que es un poco travieso.
sisisisisi.









Gracias Rey.

miércoles, 25 de mayo de 2016

Chico sobre fondo naranja.

Un fondo maravilloso que realza al modelo.
¿Que no veis el fondo?
Será que no se han cargado bien las fotos...
:P










martes, 24 de mayo de 2016

Justin tuvo suerte. 1ª parte.












La cosa fue como sigue.
Peter tenía 35 años al principio de esta historia. O eso decía. Alguna lengua viperina decía que se quitaba un par de años “como poco”. Alguna ex-pareja despechada, seguro. Vivía solo. No siempre había sido así. Había tenido varias parejas, pero la cosa no cuajó. El amor se esfumó, o la convivencia acabó por matarlo. “Cosas que pasan”, se decía cuando la nostalgia le embargaba.
Era un hombre educado, muy sonriente con los vecinos, con el kioskero, con los del banco, con los del bar, “Qué buen café te ha salido hoy, Gerardo”. Sonrisa fácil y cautivadora. Pasado de kilos y no muy alto, pero se mantenía ágil. Canas y calvicie se repartían su testa. Muchos amigos, mucha vida social. En el cuarto piso tenía su casa. En la letra B.
Peter se llamaba Pedro, pero desde pequeño le llamaba todo el mundo Peter. Y a él le gustaba y se solía presentar así. “Llámame Peter, todos me llaman así”.
A Justin le llamaban Justin, con la J anglosajona. Jus le llamaba su abuela, con la J española, que no gustaba de su nombre, pero sí mucho de su nieto. Su abuela tuvo un accidente hace un par de meses y murió. Justin tenía 16 años. Bien desarrollado, casi metro ochenta, con mucho fútbol en sus botas. Un poco (bastante) seco en el trato con desconocidos, y tampoco muy efusivo con los conocidos. Y más desde que su abuela murió. Algo se rompió dentro de él, algo cambió, todo un poco.
Justin vivía en el cuarto. En la letra D, en concreto. Enfrente de Peter. Acababa de mudarse con la familia.
Peter y Justin se solían cruzar a menudo. Peter lo saludaba y Justin lo agradecía, aunque no decía nada, incluso a veces le salía una sonrisa en respuesta. Alguna vez incluso, que Peter estaba más apagado que de costumbre, era él el que le preguntaba en el ascensor por el día, o hacía un comentario sobre que hacía tiempo que no lo veía. O el tiempo, la lluvia, el sol, o el frío que hace por la mañana temprano.
De ahí no pasaban. Saludos protocolarios y educación.
A Justin le caía bien Peter. Y a éste le caía bien aquel. Alguna vez se sorprendió de algún comentario de los vecinos sobre que el chico era un bala perdida y muy mal educado.
- Conmigo es muy simpático - replicaba él con cara de póker, porque no entendía los comentarios de la gente. “Pues parece un buen chico”, se decía para sí.
Un día que amenazaba lluvia, Justin estaba esperando en la calle a que le viniera a buscar su padre para llevarle al partido. Vestido ya de corto, que era tarde. Hasta las botas llevaba puestas y eso que era un incordio andar con ellas por la acera. Parecía un caballo recién herrado. Era tarde ya. Muy tarde. Era tarde, que no llegaba, que no iba a poder jugar, otra vez. Era tarde, en definitiva. Y él estaba inquieto, nervioso. No paraba de moverse en la acera. Arriba y abajo. Soltaba la bolsa de deporte y la volvía a coger. Y empezaba de nuevo.
Llamó a su padre. Estaba en una reunión, dijo.
- ¡Pero si me has dicho...! - se quejó desesperado, mirando el reloj.
Daba igual. Le había dicho pero la respuesta era no. No iba a ir a buscarlo.
“Búscate la vida”.
Le dieron ganas de tirar el teléfono contra el suelo. Se veía ya fuera del equipo. Era la tercera vez que no llegaría a tiempo al partido.
Peter llegaba en ese momento a casa, con ganas de meterse en la ducha y olvidarse del mundo en las siguientes horas. No había sido un buen día en el trabajo. Tampoco lo había sido en la vida. Llevaba un par de meses tonteando con uno, y hoy, le había dicho que “no estaba preparado para una relación seria; es mi culpa, Peter, es mi culpa”. Hoy no le salía esa sonrisa por la que todos lo conocían. Acabaría el libro que estaba leyendo. Una copa. Buena música. Quizás otra copa antes de cenar. ¿Cenar? Ya vería. No tenía ganas de ponerse ni siquiera un bocadillo de jamón.
Se cruzó con Justin. Lo saludó más parco que otros días. No le salía ser afable. Justin no estaba para contrarrestar como otras veces la apatía de su vecino, “el simpático”. “Me echan del equipo, fijo, joder”. Peter siguió su camino; pero al llegar al portal y sacar la llave para abrir, tuvo un impulso y volvió la cabeza. “Este chico está desesperado. ¿Qué le habrá pasado?” Volvió sobre sus pasos y preguntó.
- ¿Te pasa algo? ¿Estás bien?
Justin le contó rabioso, por impulso. Casi en ese momento se arrepintió. No le gustaba contar las miserias de su vida a nadie, menos a un vecino que era muy majo, pero que solo saludaba en la escalera o si se lo encontraba en la calle. No había pasado con él nunca del capítulo del tiempo o del fastidio de la Navidad. Ni estaba en sus planes hacerlo.
Peter le dedicó unas palabras de ánimo. Palabras estándar y vacías. “Le habrá surgido algo a tu padre”; “Seguro que el entrenador no te lo tiene en cuenta” y algunas más. Se dio la vuelta y enfiló de nuevo hacia el portal. De nuevo se paró y se volvió.
- Te llevo. - no preguntó, afirmó. No admitía mucha réplica, la verdad.
“¿Por qué lo he hecho tan rotundo?”, se preguntó de inmediato estudiando la reacción del chaval, que iba de la incredulidad a la estupefacción, pasando por la negación.
- No... no te molestes, no...
“aunque bien mirado, me podía salvar el culo.” No, no, que corte ir con el vecino”.
- Te llevo. Tengo el coche ahí. Corre. - persistió en el tono seguro, ya no podía rectificar. Empezó a caminar con garbo camino del coche. - Apresúrate.
- Si no llegaremos a tiempo. Es súper tarde.
- Vamos a ver. - se paró de repente y se volvió para encarar al chico. - Si no llegamos a tiempo te invito a una hamburguesa y te desahogas poniendo a parir a quien te de la gana. No tienes nada que perder. Estás en el barro. Lo que pase será para bien. Y por cierto, ha empezado a llover, que si quieres llegar ya empapado al campo... para ver el partido desde el córner, pues tú mismo.
No muy convencido, pero Justin aceptó. Corrieron. Trote cochinero de Peter, que los kilos se notan y ruido de caballos corriendo por la acera, gracias a los tacos de las botas de fútbol del joven. Conducción a lo Carlos Sáinz, chirriar de ruedas, Justin agarrado a dónde podía y con los ojos muy abiertos.
“¿Será este el último día de mi vida?” se preguntaba un aterrado Justin, aunque en el fondo le molaba el tema, que miraba el reloj y parecía que llegaría a tiempo.
Al final lo consiguieron: llegaron a tiempo. Justos, pero llegaron. Y como ya iba vestido, ningún problema, derecho al campo. Calentamiento. Mirada seria del entrenador desde la banda. Y llovía, vaya que si llovía. “Pero a los chicos les gusta eso de rebozarse en el barro”, pensó Peter mientras sonreía y recordaba a sus sobrinos y la cara de su madre cuando los devolvía a casa de barro hasta las orejas. “Se acabó lo del fútbol”, decía furiosa mirando al tío de sus vástagos. Pero ni éstos ni aquél, hacían ni caso.
Peter se iba a ir a casa, Justin le había asegurado que alguien lo llevaría de vuelta. No le pareció muy sincero, pero tampoco le prestó mucha atención. Su cupo de buenas obras del día, ya estaba sobradamente cubierto. “Debería haber sido Boy Scout”, pensó para sí. Pero al final tuvo un impulso y se quedó a ver el partido. “Al menos la primera parte”, se dijo. Recordaba cuando iba con sus sobrinos a ver sus partidos. Además era el mismo equipo, las mismas instalaciones. Se puso en un lugar apartado, para fumar a gusto y no dar mal ejemplo a los deportistas. Todavía se acordaba de que el entrenador del equipo de entonces le echó una buena reprimenda por el tema. Por lo del ejemplo, educar a los chicos y los buenos ejemplos que “debemos dar los que tenemos responsabilidades educacionales.” Peter en aquel entonces se quedó con la boca abierta con el discursito. Cuando quiso reaccionar y decirle al entrenador que él no tenía ninguna “obligación educacional”, éste se había dado media vuelta y le estaba montando el número a uno de sus ayudantes. Para sorpresa de Peter, ese ayudante del entrenador de entonces, era hoy el coach.
Justin salió de titular a pesar del retraso y de su miedo a que le echaran del equipo; y en cuanto lo vio jugar, no le extrañó: era bueno. Muy bueno. Tenía una visión de juego muy inteligente, con la suficiente técnica para poner la pelota al otro lado del terreno abriendo el campo de juego, situando la pelota a los pies del extremo correspondiente o en la cabeza del delantero centro. Abriendo el campo, jugando con los espacios vacíos. Corría muy bien con la pelota, aunque prefería que la pelota corriera por él. “Es listo”.
En el descanso, entró en el bar a tomarse una cerveza con limón antes de irse. “Con la primera parte, ya ha sido suficiente”. Le había gustado la experiencia. Pensó en decirle al chico que le llamara otro día si no había nadie que lo pudiera llevar a jugar. Así tenía la excusa para ver otro partido. “El próximo día que lo vea en la escalera, se lo digo”.
Ya se iba cuando entraron unos viejos amigos de aquella época en que acompañaba a sus sobrinos. Hacía tanto tiempo que no se veían que se quedaron hablando en el bar hasta bastante después de acabar el partido. Cerveza va, cerveza bien, unas patatas fritas para pasar la espuma. “Recuerdas aquel día...” “Lo que nos reímos”.
Peter se despidió de ellos y cogió el coche. “Menos mal que he cambiado a sin alcohol”, pensó al sentarse al volante. Aunque se notó esa euforia característica de haberse bebido medio barril de cerveza con todo su alcohol. Arrancó y salió de las instalaciones deportivas. Cuando iba a incorporarse a la carretera, lo vio sentado sobre su bolsa deportiva. Miraba el móvil. Parecía cansado, pero sobre todo, resignado.
- ¿Subes? - le invitó poniéndose a su altura y bajando la ventanilla.
- Estoy esperando a... - pero no se le ocurrió nadie que decir.
- Justin, sube anda. Estás agotado, empapado y lleno de barro. No te veo con fuerzas de ir andando hasta casa y no creo que pare nadie para llevarte. Va a empezar a llover en cualquier momento.
- Te voy a manchar el coche.
- Da igual.
- No da igual, es nuevo. Estoy lleno de barro. Y mojado, como has dicho tú mismo.
- Hacemos una cosa, hoy lo manchas y el sábado que viene me ayudas a limpiarlo. ¿Hace? - de todas formas tenía pensado ir a lavarlo. Así le ayudaba, que siempre es más agradable lavar el coche con alguien, y más si está ágil.
Justin sonrió.
- Me parece justo. “Todo por no ir a pata a casa, qué pereza”.
Hablaron del partido. Luego Peter le contó lo del encuentro con sus viejos amigos. Pero una vez que se giró para mirarlo, lo vio dormido.
- No me escuchas - le dijo en broma, muy bajito.
Justin lo escuchó a pesar del poco volumen que empleó Peter y reaccionó incorporándose de un salto y disculpándose.
- ¡Qué sensible, joder! Si no me he oído ni yo. Parece que duermes con un ojo abierto, como si estuvieras en guerra. Duerme anda. ¿Por qué no te has duchado?
Justin iba a contarle una mentira como que no había agua caliente o que se le había olvidado la toalla. Pero prefirió callarse. Simplemente se encogió de hombros.
Llegaron a su edificio. Justin se quitó las botas de fútbol y andaba descalzo por el descansillo camino de su piso.
- Es para no despertar a mis padres al entrar en casa - se disculpó anque nadie se lo había pedido.
- Pero si es pronto. ¿Ya duermen?
Justin volvió a encogerse de hombros a modo de contestación.
- Gracias - dijo en cambio Justin. Le había costado decirlo, que no tenía costumbre. No le salió nada natural. Pero le había gustado la experiencia. Le gustó la sonrisa de su vecino al oírle. “Es buen tío”, pensó. “Ojala la peña fuera toda así”.
Peter con la llave metida en la cerradura de su casa, tuvo una idea.
- Jus, no sé... a lo mejor... ¿Te apetece esa hamburguesa de la que hablamos antes? Tengo hambre y no me apetece prepararme nada. Pero me da pereza ir solo al burguer.
- No tengo dinero.
- Puedo invitar hoy. Es porque me hagas compañía.
Dudó un rato, Peter tuvo que insistir. Al final aceptó. “La verdad es que tengo hambre”.
Hablaron. De esto y aquello. Del colegio, del trabajo, del fútbol, de los libros “A mi no me gusta nada, no he leído un libro en mi vida”.
- No me fastidies. Hubiera jurado que te gustaba. - Peter estaba absolutamente sorprendido “Qué corte, estaba convencido de que le gustaba leer; fíate de las apariencias, que ojo tienes Peter”.
- En mi casa no hay un solo libro - abundó Justin en el tema.
- ¿Ni uno? No me lo puedo creer - estaba verdaderamente sorprendido.
- Ni uno. Los del cole, los únicos.
- La mía está llena. Por todos lados. Incluso en el suelo.
- Si no me gusta. No me llama. Paso.
- A lo mejor si lo intentas...
- ¿Y tu juegas al fútbol? - cambió de tema.
- Huy, no. Soy muy torpe. Jugaba al tenis de joven. No se me daba mal.
- Yo también juego al tenis. Hagamos una cosa. Yo leo un libro y tú juegas un partido de tenis conmigo. A ver si es verdad que sabes hacerlo. Que no me creo nada. - sonó un poco burlón, sobre todo por la mirada al cuerpo de Peter (relleno y sin glamour) que le lanzó.
Peter sonrió. Le hizo gracia la propuesta. Por un lado estaba un poco asombrado de como iba la noche, no entraba en sus planes tener un amigo de 16. Pero por otro, debía reconocer que estaba a gusto. Y se lo estaba pasando bien. Pero un favor al vecino, lo de llevarlo al partido, no debía convertirse en algo habitual. No se veía en ese papel. “Padre suplente, que pereza”. “Por mis sobrinos, vale, pero por el vecino...” Por otro lado, que sí, se lo estaba pasando bien. Algunas veces había intentado empezar a jugar otra vez al tenis, pero no había encontrado la excusa, ni con quien. Ahora tenía las dos cosas.
- Vale. Pero ten piedad de mí en la pista, que no he jugado en muchos años.
- Y estás muy gordo. - se burló Justin. - Y fumas que te he visto en el campo, escondido.
- Y tú muy delgado – se defendió Peter. - Estás en los huesos.
- Estoy perfecto para el fútbol. - zanjó el tema.


lunes, 23 de mayo de 2016

Sam Truitt en acción con Elliott, por Iván.

Os juro que este chico, cada vez que escribo su apellido, me equivoco. Siempre lo llamo "Fruit". No sé si será por el cacho Fresón que tiene en la punta del nabo... :D
A ver si Iván se anima y nos cuenta cosas de Sam Fruit, digo Sam Truitt. Nos va acompañar algún que otro día.







domingo, 22 de mayo de 2016

El vecino se saca fotos enseñando la polla.

Y las sube a internet y todos las vemos.
Y alguna vez, que conste, me ha parecido reconocer a alguno de los fotografiados. Tengo un vecino que me tiene con la mosca detrás de la oreja.










Con lo de conocer no me refiero a los actores porno que se sacan sus selfies, antes, mientras o después de ser actores porno.