viernes, 31 de octubre de 2014

Fiesta, es halloween.

Calabazas. Estos americanos nos llenan de calabazas. Y no, no se llaman Ruperta.









jueves, 30 de octubre de 2014

Al sol.

Y con una luz interesante. Quizás el sol empezaba a declinar.








miércoles, 29 de octubre de 2014

La antigua Roma.

Hoy os traigo unos dibujos maravillosos. Me los ha enviado Rey.
Se trata de trabajos de ArtimarkZ.










Estos dibujos se pueden comprar para adornar vuestras estancias. Es una buena opción de decoración.

martes, 28 de octubre de 2014

Disfraces.

Por si acaso vais a alguna fiesta estos días... halloween ataca de nuevo.








lunes, 27 de octubre de 2014

Erik en la cabaña.

Me han contado que era su refugio. Iba a allí cuando quería estar solo, olvidarse de todos y de todo.


No se lo enseñó a ninguna de sus parejas. Quizás porque no sintió que ninguna de ellas fuera la definitiva. Quizás porque no sintió que quisiera compartir el silencio con ellas. O porque no sintió la necesidad de enseñar sus secretos.
El otro día conoció a alguien. Fue distinto que otras veces. Quizás dentro de un tiempo, como algo natural, recorra esa cabaña acompañado, por primera vez. Quizás se tumbe en el suelo, apoyado en su muslo, y escuchen el sonido del campo, juntos.

domingo, 26 de octubre de 2014

Un domingo especial - relato.




Se llama Joseba. Es un hombre imponente. Alto, ancho de espaldas, bien plantado, nariz perfecta y barba de un par de días. Pelo abundante, negro, con alguna cana que sin duda, realzaban su belleza.
Joseba venía de dar un paseo por el campo. Lo hacía todas las mañanas. Los domingos era el día de la semana en que se tomaba todo de una forma distinta. El sábado, aún trabajaba a ratos, tenía algún compromiso social debido a su empresa y quedaba con un grupo de amigos a los que apreciaba enormemente, pero, que de forma subrepticia, consideraba como otra de sus obligaciones en la vida.
Y es que no tenía unos amigos de los que pudiera presumir. No, presumir no es el concepto... disfrutar, esa es la idea. No tiene unos amigos de los que pueda disfrutar. No considerarlos como una obligación social.


Es como sus parejas. Muchas mujeres se habían acercado a él. Y muchos hombres también. Con ninguno de ellas o ellos entabló nada que no fuera un par de encuentros para tomar una copa.
Hacía sol, esa mañana de domingo. Un domingo de mayo precioso. Algunos niños y niñas de comunión empezaban a corretear por la calle de las manos de su madre, todas nerviosas y preocupadas porque no se ensuciaran el vestido antes de la ceremonia, por si se olvidaban de algo, por si llevaban la cámara de fotos, por si llovía “Qué no va a llover, mujer, si no ves el sol que hace”.
- Ya, pero a lo mejor a la salida de la Iglesia...
Y el marido se daba la vuelta echando juramentos. Joseba se reía mientras veía a la familia seguir su camino hacia la Iglesia. “¿Irán a San Lorenzo o a San Gil?”
- ¿Qué le apetece señor?
Joseba levantó la cabeza. Verdaderamente hasta ese momento, no se había dado cuenta del día tan luminoso que hacía.


- ¿Eres nuevo?
- No, llevo aquí varios años. No habremos coincidido. - contestó el camarero guiñando un ojo. Le daba el sol de refilón y le impedía tener los ojos muy abiertos.
- Te invito a comer.
Si el camarero se quedó sin palabras, también fue la reacción que tuvo Joseba al escucharse a sí mismo. Estuvo tentado de recular e inventarse una escusa. Era bueno con las escusas, llevaba veinte años con ellas. Desde que su padre lo descubrió en brazos del chófer y montó en cólera. Nunca lo había visto así. Joseba quedó marcado por ese día. Su padre era importante para él. Era el hombre perfecto. Su finalidad en la vida era hacer que se sintiera feliz. Ese día, por primera vez, lo vio enfadado de verdad, decepcionado. Quiso hacer que se le pasara el enfado y aceptó todas sus condiciones. Solo le pidió que no dejara en la calle al chófer. “Él no tiene la culpa, papá, soy yo el que...”
Su padre no lo cumplió, pero él no lo supo hasta muchos años después.
Él hizo lo posible, cuando lo supo, por ayudar a aquella familia. Lo hizo sin dejarse ver, haciendo que todo fuera fruto de la casualidad, o de los vaivenes de la vida, que unas veces van, y otras vienen.
- Dile que es una de esas épocas en que las cosas van – le aconsejó a Lidia, la persona que había puesto encargada de que esa familia pudiera salir adelante.


Desde ese día en que su padre lo descubrió con otro hombre, siguió estrictamente las normas que le impuso. Trabajo, estudio y las relaciones sociales convenientes. Lo hizo. Sus padre murió hacía cuatro años. Pero él siguió con las costumbres de siempre. Había perdido las ganas de amar, de relacionarse, de hacer otra cosa que lo que hacía, hacer feliz a su padre allí en dónde estuviera.
- Me llamo Guzmán.
Se había movido un poco para evitar el sol. Ya no guiñaba un ojo. Y Joseba podía verlo con tranquilidad. Le recordaba al chófer... por eso le había llamado tanto la atención.
- Perdona, pero me recuerdas a alguien. ¿Eres algo de Rufino Páramo?
- ¿Debería?
- Te das un aire.
- Siento decepcionarle.
Se quedaron callados un instante.
De repente Guzmán hizo un gesto con las cejas como apremiando a Joseba para que le pidiera lo que iba a tomar.
- Una trenza de dulce de leche, un café con leche, zumo de naranja y Actimel.
- Completo.
- Y una manzana, se me olvidaba.
- De acuerdo.
Miró al chico mientras preparaba su pedido. Intentaba escrutar su rostro en busca de respuestas. Ya le importaba menos que fuera o no pariente de aquel chófer que le sorbió el seso cuando tenía veinte. Intentaba descubrir por que había provocado esa reacción tan espontánea en él. Qué era lo que le había llamado la atención para que considerara repentinamente la posibilidad de entablar una amistad con él. Hacia muchos años que no se permitía una reacción no meditada. Hacía muchos años que no cambiaba sus planes de domingo dedicados a él, solo a él.
Le trajo el pedido y se lo fue colocando en la mesa con delicadeza. Joseba no dejaba de observarlo. Guzmán sentía esa mirada, pero no dejó que le pusiera nervioso. Siguió con su trabajo hasta que todo estuvo en la mesa.
- ¿Alguna cosa más?
- No me has respondido.
Entonces se le ocurrió preguntar:
- ¿Por qué me observa con tanto interés? Si es porque le recuerdo a ese hombre...
- No, no es por eso. En realidad no te pareces en nada. Solo es la sensación que me producía al verlo. Tú me provocas los mismos sentimientos. Es porque intentaba conocerte. Intentaba descubrir el secreto que encierras para que me haya saltado mis propias normas.
- ¿Normas?
- Da igual, es largo.
- Conocer es largo – contestó mirándolo a los ojos directamente. Era la primera vez que lo hacía. - Suele ser cuestión de una vida entera.
- ¿Comes conmigo? - insistió Joseba.
Guzmán dudaba.
- No sé si es... usted es un hombre muy rico y con unas relaciones... usted no vive en mi mundo. Yo no pegaría en el suyo. Le avergonzaría.
- ¿Me conoces?
- ¿Quién no lo conoce en esta ciudad?
- Pero hoy soy otra persona. Es domingo.
- Entonces solo será cuestión de los domingos. ¿El resto de los días?


- No, no es eso. No... - estaba confuso.
- Le voy a ser sincero. Siempre me ha gustado, señor Azilicueta. Casi me da un ataque cuando le he visto sentarse. Pero encuentro que sería un despropósito soñar con usted.
- No me trates de usted.
- Estoy en mi trabajo, Sr. Azilicueta. Debo tratarlo así.
- Comamos y me tratas de tú.
- Comemos, luego me invita a su casa, nos tuteamos y nos vamos a la cama, tratándonos de tú, siempre de tú. Y mañana usted será ese de las reuniones, de los viajes a Londres, de los negocios, ese hombre al que todos buscan para cobijarse en buena sombra de buen árbol. Ahí no tengo sitio. Me quedan pues los domingos.


Se quedaron en silencio.
- Debo seguir trabajando.
Guzmán se dio la vuelta y se fue hacia una pareja de señores que se habían sentado en otra mesa.
- Dos cafés con leche, con la leche muy caliente.
- Y sacarina – apostilló el otro.
- Y dos vasos de agua.
- Fresquita.
Joseba lo seguía con la mirada. Por primera vez se fijó en sus rasgos, en su cuerpo. Unos veintitantos años. Piel suave, brillante. Se fijó en sus ojos marrones, en el pelo claro, en su nariz grande y ancha, en su sonrisa clara pero sin compromiso, al menos la que mostraba a esos señores. En los hoyuelos que se le formaban al sonreír. En el collar de blanco que llevaba. “¿Sería nácar? ¡Qué va a ser nácar! Será plástico o algo así”. Cuello largo y ancho. Se fijó en el pantalón que le ajustaba los muslos. El pantalón estaba un poco sucio y ajado. Y corto, le faltaban un par de centímetros, al menos. “No le sobra la pasta, ni a su jefe tampoco”. Calzaba unas alpargatas negras que dejaban ver una esclava sencilla en el tobillo, apenas una cuerda con un nudo. Llevaba un arito de oro, o eso parecía, en la oreja derecha. Unas orejas perfectas para su gusto, descubiertas. Llevaba el pelo rapado por los laterales, un poco más denso por el centro, pero tampoco lo llevaba muy largo.


Levantó la mano para llamar su atención cuando llevó los cafés a los señores.
- Te espero en el Mesón Juan XXIII, a las tres.
Guzmán apagó su sonrisa de un golpe. No le sentó bien esa indicación que le sonó como una orden.
- Yo voy a ir – aclaró Joseba rápidamente, interpretando la mirada del camarero - No te estoy obligando. Me gustaría conocerte. No he pensado en eso de la cama que has dicho antes. Llevo muchos años sin sexo para ahora darle una prioridad absoluta. Me interesa conocerte. No me digas por qué.
Guzmán permaneció callado, mirando al suelo, pensativo.
- Me gustaría que fueras y charláramos. Quiero aprender de ti, quiero descubrir eso que he percibido y que me ha desarmado.
- Eso es cuestión de una vida, no de domingos alternos.
- Si has conseguido que rompa mis costumbres de domingo, quizás lo consigas con las de los lunes, martes...
- Usted es esa clase de hombre que me enamoraría. No quiero sufrir. No estoy a su altura.
- Tú lo miras como si yo fuera alguien especial, más que tú o algo parecido. Yo en cambio, como te he dicho, quiero aprender de ti. Quiero descubrir un mundo que no conozco. Eres tú el que está por encima de mí, a mi modo de ver.
- No sé...
- Yo te espero. A las tres. Mesón Juan XXIII.
- No se conoce a las personas en...
- Ya me has dicho. Una vida. Yo estoy dispuesto a gastar lo que me queda de ella en descubrir lo que me... - iba a decir enamora, pero se contuvo – llama la atención de ti.
- Me lo tengo que pensar.
Joseba asintió imperceptiblemente. Guzmán se volvió para seguir con sus quehaceres. Joseba lo miró de reojo antes de intentar sumergirse en su desayuno y después, en la lectura del libro que había llevado. El sol seguía en todo lo alto. Poco a poco, la calle se llenaba de más gente. Muchos de comuniones, otros de turismo, algunos paseantes de domingo por la mañana. Un pájaro canturreaba en alguno de los árboles cercanos. O quizás en la fachada de alguno de los edificios.
Respiró profundo.
Sonrió.
Hoy, la vida parecía oler de forma distinta. Como a algodón de azúcar.



Juegos de sábado: gallinita ciega.

No es en realidad el juego típico, es una variante. Pero creo que es un juego, como decirlo, estimulante. Divertido. Excitante.